Degustando géneros literarios: Literatura erótica.

67..TANGA_

Ya tenía una semana esperando su mensaje. Esa señal que me encendiera, esa señal de vida que hiciera que mi cuerpo vibrara al instante. Necesitaba ver su mensaje para esperar esa tarde de placer donde estaríamos frente a frente. No necesitábamos más preámbulo, ni más palabras o muchos una llamada para celular para confirmar lo que era obvio, porque ambos nos sabíamos presas del uno del otro, esclavos de esa concisa sesión de sexo que nos hacía querer devorarnos. Era solo sexo, si. Pero eso era lo mejor. Los dos estábamos conscientes de que nos utilizábamos para saciar nuestras más bajas pasiones y esas ganas de tener durante al menos unas horas, lo suficiente como para darle calor al cuerpo y mitigar el incendio que nos provoca el recordar lo que ambos nos hacíamos al estar frente a frente.

La cita como todos los sábados era en ese motel en medio de la nada pero justo en el centro de todo. No eran necesarios tantos lujos, o mucho menos escapar hacia un lugar donde nadie nos conociera porque no teníamos un compromiso, es decir, no había terceros de por medio. Las cosas no tenían porque ser tan complicadas cuando había dos personas que comparten una relación basada únicamente en el mero placer egoísta y carnal. Y aunque pudiera parecer muy fuerte el pensar en que los dos solamente nos utilizábamos, pero uno no puede ser egoísta cuando en una lucha entre cuerpo y cuerpo se busca la forma de darse placer el uno al otro para excitarse más. Así era lo nuestro; Una lucha de dominación y de besos salpicados en lujuria buscando entre cada caricia, la forma de penetrar esa pasión tan inexplicable que surgía al momento en el que los dos nos dejábamos caer sobre la cama.

Ese motel modesto era el escenario de esta batalla de placer. Nuestros cuerpos se fundían entre las sábanas en cuanto nuestros labios empezaban a tocarse. No nos decíamos mucho porque lo único que escuchábamos era nuestros sollozos de oído a oído. El corazón se me saltaba en cuanto comenzaba a recorrer su cuerpo con las yemas de mi dedos. Mi piel sentía como se estremecía cuando mis dedos se acercaban a cada uno de esos puntos a los que yo había llegado en cada una de esas ocasiones que me excitan con tan solo recordarlas.
Nuestros cuerpos parecían estar diseñados el uno para el otro porque se acoplaban perfectamente. Nuestros cuerpos sabían como acomodarse uno sobre otro en cuanto comenzaban a tocarse. Nuestras piernas sabían como entrelazarse al igual que nuestras manos y los besos de vez en vez se traducían como mordiscos y miradas cuando compartíamos el placer de pedir más y más de forma dulce pero violentamente a la vez.
Así eran estas ganas incontrolables de querer más pero sabiendo que todo tenía un final. Eran los minutos más valiosos durante el plazo de unas cuantas horas porque entre los dos parecía que no había un final. Más bien, los dos queríamos prolongar lo más posible esos segundos en los que nuestra carne se fusionaba para alcanzar la plenitud y dejar que esto estallara dentro de nosotros porque cada grito era como una forma de soltar esas ganas tan deliciosas pero a la vez tan salvajes que estaban reprimidas dentro de nosotros.
Y aunque tal vez nos estábamos asesinando de placer para quienes seguramente nos escuchaban gemir tan efusivamente en los cuartos contiguos y en el pasillo, sentía que tocando su cuerpo estaba tan cerca del cielo como del infierno. Pensaba que si el infierno sentía como este nivel de sexo, quería que juntos nos arrastrarán hacia el para seguirnos quemando de pasión, para seguir devorándonos a besos, aunque tuviera que esperar una semana más para regresar a este motel del centro y dejarme llevar por lo que siento.
La cita siempre se quedaba pactada y como cada semana, era cada vez mejor. Era como hacerse el amor en medio de la guerra, como querer gritar y no poder hacerlo, como sudar sin parar y amarse sin amar.

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