Recuérdame, París

Paris, France

Esas calles elegantes cuentan una historia. Se quedó pasmada entre sus muros. Huelen al vino, al baguete, a tabaco, a macaroons.

Cuentan que esas calles llenas de historia, cuyos rincones son tan perfectamente elegantes, fueron testigos de su paso, por la ciudad del amor, la ciudad de las luces que recibió su llegada un helado día de principios de febrero.

Apenas amanecía. A la ciudad de las luces se le veía apagada. Todo era gris a su alrededor, y el viento golpeaba su rostro congelándolo. Pero ahí estaba, de pie, con una maleta en mano y otra rodando.

Cumplía su sueño de caminar y poder apreciar la ciudad del romance con sus propios ojos llenos de ilusión, y de sorpresa por no creer que estaba ahí.

Caminaba escuchando en silencio la música jazz, imaginando a los mimos gozando en blanco y negro. Atravesaba Champs Elyses esperando ver al fondo el impresionante Arco del Triunfo. Se decía que admiraba a Napoleón, al tirano dictador e inteligente personaje de la historia, que quería sentarse a comer pastel como María Antonieta en la Plaza de la Concordia donde esta, había muerto en la guillotina. Esperaba encontrar esa fuente que había visto en esa película que le fascinaba para poder tomarse una foto, pero sobretodo, sentarse y mirar por horas la perfección detallada de la Torre Eiffel.

Y qué pasaba por su cabeza mirando todo a su alrededor: elegancia, clase, gente caminando con los ojos fijos sobre un objetivo, ajetreada, tráfico, turistas asiáticos hablando un idioma diferente, pero que sabía, expresaba lo mismo que él estaba pensando; “Tengo frío, me duelen los pies, no quiero seguir caminando pero quiero descubrir hasta el íntimo rincón de París“. Y sin temor, se subió al metro, siguiendo las direcciones de una app que llevaba en su mobile, entiendo poco del francés, un idioma que dominaba poco, pero con cual podía defenderse.

Escuchó impactante el órgano dentro de la catedral de Notredame. Era tan imponente por fuera como por dentro. Siglos de historia y continuaba ahí, estática ante el paso del tiempo, ante la evolución de un mundo que ya no era el mismo que ella vio cuando terminó de ser construida.

Se impregnó del arte, de los fastuosos edificios, de las grandes civilizaciones cuyas reliquias se encontraban resguardadas en el Louvre. Esos tesoros mundiales que siempre sonó con ver.

Descubrió París de noche su máximo esplendor, brillante y fantasmal. Seductor y liberal. La sentía tan suya, como si la conociera de siempre sin haber estado ahí. Quería que esta tierra lo absorbiera para poder quedarse vagando sin rumbo fijo. No era necesario invertir, nadie cobraba por mirar. Nadie cobraba por amar. Y si, es verdad lo que dicen, que uno debe enamorarse cuando va a París.

Comprobó que ninguna postal ni fotografía le hacia justicia a tanta belleza. París era inolvidable como ella misma. Amorosa y pasional.

Y aún a pesar de que han pasado los meses, el viento les cuenta a los viajantes que su corazón se quedó colgando de un puente. Prometió regresar.

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