El Lado Oscuro

magalikermaidic

Fue justo esa noche cuando desperté sudando. Me habían perseguido durante horas esas imágenes vagas que no tenían lógica porque formaban parte del más absurdo de los sueños. Éste fue uno.

En ellos estaba yo, con los ojos enardecidos y las manos ensangrentadas, pero caminando sonriente ante los ojos de todas esas personas que me miraban. Personas que ya ni siquiera formaban parte de mi vida. Lo habían estado. Pero ya no.

Intenté ponerme de pie pero caí al suelo. Todo mi cuerpo estaba adormecido. Me recargué sobre la base de madera donde estaba el colchón y logré incorporarme.

Sentía mi respiración agitada, tanto que batallaba para llevarme el aire a la boca.

¿Qué me estaba ocurriendo?

¿Por qué me sentía así?

El corazón se me salía del pecho y, del lado izquierdo, un dolor que me punzaba.

Por un segundo me quedé paralizado ante el dolor. Alguien me estaba oprimiendo la piel y, del otro lado, las pulsaciones se elevaban, tanto que escuchaba a mi corazón frenético. Estaba queriendo escapar de mi cuerpo. Perforaba mi piel. Así lo sentía.

Desperté.

Pensé que todo lo que había soñado había sido parte de esta realidad sobre la que ahora me encontraba, pero no fue así. Mi frente y mi cuello estaban empapados, al igual que la almohada. Mi corazón latía acelerado. Podía escuchar sus latidos en mis oídos.

Quise ponerme de pie pensando en que iba a caer como en mi sueño, pero me equivoqué. Pude ponerme de pie y caminar.

Tomé un baño y desayuné un pan tostado con crema de maní y un café cargado.

Curioso, pero todo ese día me sentí extraño. Era esa sensación de vacío.

Algo me faltaba. Lo sentía tan dentro de mi.

Caminando entre la gente en ese parque que estaba a una cuantas cuadras de donde trabajaba, empecé a notar que la gente actuaba de forma extraña y que, a mi lado, caminaba una sombra. Era mi sombra, pero no como tal. Era mi otra mitad.

Mi lado derecho con el corazón latiendo y ardiendo. El otro, confundido y sombrío. Podía descifrar la maldad que se escapaba entre mis dientes. Nunca me había visto tan sonriente. Mis ojos tenían un brillo el cual nunca vi en el espejo. Caminaba con toda esa seguridad que siempre quise tener pero que ni a mí me convencía.

De esa forma fue como reconocí ese otro lado, caminando con las personas que me rodeaban. Por un lado, el corazón y la sangre hirviendo, por el otro, el silencio total, la oscuridad. Una sombra de pies a cabeza que al mirarla me hacía temblar pues no podía saber o, más bien, no quería imaginar nada de lo que pudiera llegar a ser capaz de hacer.

A mi alrededor descifraba el significado de todas esas sonrisas que, sin decir mucho, expresaban el deseo de liberación. Había algo que les oprimía las ganas de soltar una carcajada. Esos ojos decían lo mismo. Miraban como presas a quienes los rodeaban, decididos a sacar el puñal y clavarlo en cualquier momento. Y no lo iban a hacer por la espalda.

Seguí trabajando con el temor que me provocaba el mirar ese lado sentado frente a mí, mirándome como si fuera su reflejo, aunque en verdad lo era.

Tomó mi mano y, aunque me negué a dejar que me tocara, mi mano y la suya no pudieron evitar tocarse porque era nuestra misma piel tibia. Fue tan fuerte nuestra atracción, que de inmediato un shock nos golpeó acalambrando nuestros dedos.

sombrasVolvió a mirarme con esa sonrisa y esos ojos que al instante me devoraron porque eran tan penetrantes como los de una serpiente. Siempre estuvieron fijos sobre mí, su presa. Me clavó los dientes y de nuevo ese mismo shock penetró todo mi cuerpo hasta lograr que, en un solo segundo toda esa mierda saliera por mi boca. Y fueron las palabras que nunca quise decir, todo aquello que reprimí, lo primero que escapó.

Fueron mis manos las que dieron un sin fin de puñaladas pero de frente, nunca por la espalda. Y así, el ciclo empezó uno a uno con todas las personas que me rodeaban.

Era una epidemia. Lo vi con el hashtag EPIDEMIA en la redes sociales. Todos hablaban de eso. El mundo entero se había colapsado ante esas sombras que se habían apoderado de nosotros: pobres seres humanos, nefastos, hipócritas, moralistas y con miedo de mostrarse sin máscaras ante los demás.

Y es que esto no era una epidemia normal, algo a lo que pudiera encontrársele una cura. Bastaron pocos minutos para que las redes sociales viralizaran la noticia de la epidemia para convertirla en una PANDEMIA. Era el fin de lo que alguna vez conocimos como humanidad porque todos estaban fuera de control allá afuera. No era una guerra con armas, ni un conflicto de épicas proporciones. Era una guerra tan sucia como todos esos insultos que escaparon por las bocas de todos. Insultos que también salieron de mi boca porque siempre quise reprimirlos. Siempre hubo tantas cosas que quise decir y hacer, pero que nunca me atreví. Deseos que se quedaron tan hundidos en un pozo que nunca tuvo fondo: mi alma.

Tocar mi lado izquierdo, el más oscuro, ése donde no tenía corazón, solo me sensibilizó. Me animó a decir todo lo que nunca pude, a hacer lo que jamás me atreví, a sentir las emociones que en algún momento de mi vida supuse que debía reprimir por temor al miedo de que pudieran gustarme.

Así como esto se esparció, el fuego fue cediendo y el nivel de tan osada ira fue poco a poco expulsado por las personas que sufrieron de este tan extraño ataque.

La ira, el rencor, los sueños frustrados y fantasías prohibidas se fueron cumpliendo poco a poco por todos aquellos que se atrevieron a dejarse tocar por ese lado inquietante y demente que se apoderó de ellos. Fue justamente la libertad y el placer de ver cada una de esas fantasías cumplidas, de sentir su boca y puños liberados, lo que hicieron que ese lado izquierdo fuera penetrando ese corazón que estaba latiendo ante el temor de verse contagiado por tremendo mal.

No fue un mal común o una enfermedad. Tuvo una cura que vino y se fue como semejante epidemia que sacudió a esa mitad que tanto tiempo estuvo dormida dentro de mí pero que, por fin, había visto la luz a pesar de verse envuelta entre lo negro del silencio y la represión.

Porque amarrar esa obscuridad a lo más profundo de nuestras entrañas, haciéndolo sólo alimentamos su propio resentimiento que es el que poco a poco nos va consumiendo hasta permitirnos explotar y es ahí donde ve la luz; luz que sólo le permite desquitar tantos años de silencio y de dolor al saberse ignorada por esa alma que habita en nuestros cuerpos.

Si no hay obscuridad, no puede haber luz. Por qué tenerle miedo a lo que no es mas que una ausencia de brillo y claridad. Por qué no dejar que tanto lo blanco como lo negro nos gobiernen de forma balanceada. No hay necesidad de vernos envueltos en esa telaraña de desolación y de temor ante lo incertidumbre. Para qué temerle a sacar lo peor de nosotros. No hay motivo porque liberar todo lo que esté almacenado ahí, no debe ser negativo. Es sólo una forma de curar el dolor y de también, decir esas palabras que guardadas, sólo nos matan lentamente. Después de todo, no existe una vida sin un villano. No puede haber un héroe sin uno. No puede haber un principio sin un fin. Y no es que seamos malos, pero somos los principales antagonistas de nuestra historia. Algunos lo reconocen y lo disfrutan como parte de un proceso que se llama vida. Otros le huyen por miedo a liberar una bestia que, con una sola palabra, puede derribar un muro. Pero, ¿por qué querer domar a una bestia? ¿Por qué querer reprimir al animal más salvaje de la creación, ese animal que comete errores una y otra vez, que hiere, que siente, que piensa y que vive: ¿Nosotros?

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